EN EL VACÍO

Poco a poco voy abriendo los ojos. El ruido de la alarma me provoca, lentamente, la necesidad de despertarme. Agacho la cabeza. El reloj marca las 6 de la tarde en mi muñeca. Llevo horas dormido. El último hielo de mi Jack Daniels deja el fondo del vaso húmedo. Justo a mi lado encuentro a David, mi hermano. El ligero movimiento de sus manos y la ínfima brisa al pasar página me obliga a fijarme en el libro que está leyendo. Se trata de El Guardián entre el centeno de J.D. Salinger. Un libro que había leído con gran aprecio y cariño años atrás. Me encantaba leer las peripecias del adolescente Holden Cauldfield por Nueva York, donde me desvelaba la realidad de un muchacho enfrentado al fracaso escolar, a las rígidas normas de una familia tradicional y a la experiencia de la sexualidad más allá del mero deseo. Un libro que me identificaba de primera mano con el protagonista. Por desgracia nunca tuve suerte en los estudios, aunque la vida supo comportarse bastante bien conmigo. Ahora, de vuelta a casa, era el turno de mi hermano. Que pasaba con rapidez y aptitud las páginas. 

 

Nos detenemos. Las puertas del avión se abren y de forma intuitiva cojo todo mi equipaje y me preparo para abandonar el avión que nos había traído desde la otra punta del mundo. Es 21 de diciembre. Acabamos de llegar a Nueva York minutos antes de lo previsto.

Tomamos el tren hacia la estación central. Ahí el inevitable recuerdo a los trenes de mi infancia junto a mi padre. “En aquellos días felices, antes de los teléfonos móviles, cuando todavía era impensable poner una radio en un lugar público el tren era un lugar fantástico y silencioso”, comentaba nuestro padre cada vez que cogíamos el tren durante los fines de semana para ir a un pequeño pueblo a las afueras de Nueva York. Él veía en los trenes, pero especialmente en las estaciones de ferrocarril, la máxima representación de ideas y pensamientos. Gente que venía, que marchaba, que llegaba. Un lugar de paso donde en numerosas ocasiones decidía sentarse y limitarse a observar a todas aquellas personas que pasaban por allí. Y éste, ¿dónde irá? ¿Por qué tiene tanta prisa el hombre de la americana? ¿Qué llevará en ese maletín? Preguntas sin sentido, quizás. Pero era aquello lo que hacía feliz a mi padre durante sus últimos años de vida. 

 

El recorrido a casa de mi madre fue prácticamente intuitivo. A pesar de haberme marchado hacía ya casi dos años, supongo que, con el tiempo uno se acaba acostumbrando al caos de sus calles y las grandes aglomeraciones que por las fechas se vivía. A sus sonidos, los timbres metálicos de las bicicletas, el roce de sus ruedas sobre el pavimento de ladrillo y el alboroto de la gente por las últimas compras de Navidad. A lo lejos, alguien me llama. No consigo distinguir quién. Se trata de mi madre. La mujer había salido a comprar algo de comida para mi hermano. Quería prepararle el bizcocho de manzana que siempre nos había hecho a los dos. Hacía muchísimo que no nos veíamos y su cara de felicidad lo reflejaba por completo. Se notaba que estaba contenta de verme. Bueno, de volvernos a ver. Me animo con gran ímpetu a que los acompañara a casa y que le explicara cómo había ido la visita de David a mi casa de Florencia. No paraba de insistir en que me prepararía una taza de chocolate bien caliente. Sintiéndolo mucho, lo rechacé. Siento ser frío en ocasiones como esta, pero tenía ganas de llegar ya a mi casa. Estaba muy cansado del viaje. Así que antes de que mi madre volviera a decirme nada, me despedí de ella y de mi hermano. Como siempre, desde la muerte de mi padre, le recordé que cuidara lo mejor que pudiera de ella. Que los quería. 

 

Entre una cosa y otra, el tiempo había pasado prácticamente volando. Eran ya las 9 de la noche. En las calles, la nieve y las luces de colores eran predominantes allí donde miraras. Todo quedaba envuelto por ese color blanco tan característico de postal. Decidí tomar el bus de la línea 44. Creí que sería el camino a casa más rápido desde donde me encontraba. Allí me esperaría Katherine. Mi esposa. 

Tomé el bus hacia las afueras de la ciudad en sentido noroeste. Era muy extraño, apenas nos encontrábamos cuatro personas en él. Muy peculiares, eso sí. Nunca las había visto antes, a pesar de frecuentar con normalidad la línea del centro a casa. No le di la mayor importancia. Ahora sí, saqué mi iPod del bolsillo derecho de mi pantalón y me coloqué los dos auriculares. Bon Jovi sonaba durante todo el trayecto. Era un fanático de él y de su música. De sus letras y sus conciertos. Me gustaba la música en general pero especialmente sus canciones. 

 

Era curioso. Nadie se había subido en ninguna de las paradas y esos compañeros de viaje de los que hablaba seguían en su lugar. Tampoco habían abandonado el bus. Nos disponíamos ya a salir de la ciudad y a tomar una carretera secundaria hacia las afueras. El tiempo que había pasado en Florencia con mi hermano había hecho cambiar muchas de las cosas. Me sentía raro, esos tres personajes no eran de mi gusto. Alcé la mirada y traté de contemplar el paisaje nevado a través de la ventana. En busca de un llanto blanco que cubría parte de la noche. Solo supe ver áridas montañas que no representaban en nada una estampa navideña. 

 

El bus se detuvo y el conductor me miró. Rápidamente se abrieron las puertas. Era la última parada. La que me dejaba a escasos metros de mi casa y donde también se bajaron los otros tres individuos. Tomé la iniciativa y fui el primero en bajar, seguido de todos ellos. Con mi equipaje me dispuse a ir hacia mi casa, me moría de ganas de ver a Katherine. Pero algo notaba a mis espaldas. Eran ellos. Aceleré el paso en la medida que pude. Ellos también lo hicieron. Miré a lado y lado de la calle. Nadie, absolutamente nadie, estaba a mi alrededor. Al parecer la nevada no había llegado hasta allí y las temperaturas eran mucho más elevadas que en la ciudad. Todo era muy extraño. 

 

De reojo controlaba dónde estaban. Faltaban escasos metros para llegar a la puerta de mi casa, pero cada metro era más duro para mí. Los sudores en la frente y por el resto del cuerpo estaban presentes. Yo ya me temía lo peor. Las pulsaciones cada vez parecían más fuertes y el ritmo cardíaco aumentaba por momentos. Los latidos del corazón eran secos. Parecía que el corazón se me fuera a salir del pecho en cualquier momento. Las piernas ya me flaqueaban. Los nervios y el cansancio se aferraban a ellas. Fuertes calores recorrían mi cuerpo. La luna llena iluminaba la calle; de fondo, el chirriante sonido de un tranvía que se alejaba de la zona hacia más escalofriante la situación. Los individuos me seguían. Introduje la mano en el bolsillo derecho superior de mi cazadora, allí debían estar mis llaves. No estaban. Palpé con rapidez los otros bolsillos y sin rastro. Decidí mirar en el bolsillo trasero del pantalón, donde finalmente las encontré. Una última ola de fuerzas me hizo acelerar el ritmo para llegar a la puerta de mi casa. Introduje la llave principal en el pomo de la puerta. No entraba. Los nervios podían conmigo, metí la llave. Los sudores fríos recorrían ahora todo mi cuerpo. Desde los pies hasta la última pestaña. Una brisa de aire frío recorrió mi nuca. Como pude giré el pomo, abrí la puerta y entré. Todo estaba a oscuras. Miré por la mirilla y en la calle no había nadie. No parecía haber ocurrido nada hace escasos minutos.

 

Katherine parecía no estar en casa. Al entrar, escuché la aguja del gramófono chirriando al final del disco. Uno de mis álbumes favoritos de Bon Jovi. Más allá, tirado como un largo riel sobre los almohadones, un individuo que roncaba profundamente por las fuertes ventoleras de su boca abierta. Una de sus piernas se estiraba en el arqueo leve del reposo y la otra, colgando del diván. A medio abrir, su pantalón mostraba la goma elástica de un calzoncillo coronado por los rizos negros. Solo un pequeño fragmento de estómago latía apretado por la hebilla del cinturón, una mínima isla de piel. Tuve que sentarme. Ahogado por el asombro de la escena no era capaz de reconocer que me encontraba en mi propia casa. Tomé aire para no sucumbir al desmayo frente a esa situación. Era incapaz de reconocer quién era. Con grandes esfuerzos podía observar toda aquella escena con la luz de la luna que se filtraba por las ventanas.

 

Ese miedo que tenía presente hace escasos minutos, poco a poco seguía apoderándose de mí. Seguía sin entender lo que pasaba. Reconocía toda la escena. Los cuadros, muebles, utensilios y cacharros que tenía en el comedor. Me excité al ver de nuevo un individuo totalmente desconocido en medio de mi salón. Con dificultades frente a la surrealista situación, me moví a paso lento hacia la cocina. Aquí todo quedaba inundado en un fuerte olor a alcohol. Y es que apenas podía caminar. El suelo pegajoso difícilmente me permitía moverme sin dificultad. En la mesa de la cocina, mil y una eran las botellas de destilados que se encontraban. Sin entender nada, intenté retomar la normalidad, aunque resultó imposible frente a una situación como esta.

 

Traté de inspeccionar más lugares de la casa en busca de algo normal. Algo que pudiera evadirme de toda aquella situación irracional e ilógica. Con gran aprensión decidí sentarme y tomar consciencia de semejante situación. Inesperadamente, la alarma sonó. Poco a poco fui abriendo los ojos de nuevo. El ruido de la alarma me provocó, lentamente, la necesidad de despertarme. Agaché la cabeza. El reloj marcaba las 6 de la tarde en mi muñeca.