LEÓLO (1992)

Un film de Jean-Claude Lauzon

Italia es demasiado bonita para pertenecer solamente a los italianos – afirmaba el joven Leólo en el film. Una frase donde el joven protagonista articula su delirio a partir de representaciones y personajes con este país. Desde su esperpéntica idea de gestación, a partir de un tomate contaminado con esperma de un campesino siciliano y, posteriormente, penetrado en la vagina de su madre, hasta Bianca. Su impúdica vecina italiana. Su amor platónico infantil que desaparecerá al ver que el mismo Leólo la descubra vendiendo sus favores sexuales a su propio abuelo. Sin olvidar la adopción de una nueva identidad, cómo Leólo Lozone de raza italiana y renegando así de sus denostados ancestros franco-candadienses.

 

Así es Leólo, una insólita y violenta poesía cinematográfica, no apta para todos los públicos, que confluye entre dos mundos paralelos. El real y el onírico.  La evasión de un sórdido entorno familiar, observado a su misma vez con lente corrosivamente deformada, para entrar en un mundo surrealista con una importante capacidad de fabulación y constituyendo, así, uno de los films más sugerentes durante los últimos años. Aunque confuso a su vez y, sobretodo, con un final devastador. Donde por encima de todo busca y atenta contra nuestros pensamientos, haciéndonos pensar en cómo fue nuestro paso por las diferentes etapas de nuestra vida de una manera provocadora y violenta. Pero también de forma perturbadora y dura, al menos en cómo trata de representar la manera en que la vida queda envuelta. La vida y la muerte. 

La negatividad y lo desagradable rodean cada escena en esa casa tenebrosa y oscura. Una esperanza que abandonó hace tiempo a ese chaval sin suerte y esa familia desgraciada a la que solo le quedan algo más que los sueños y las reflexiones sobre haberlo perdido todo o casi todo. Donde todo sale a flote, por su resolución en la vida o por sus demonios, a través del vómito. Cada momento es más trágico que el anterior, cada instante más doloroso aún todavía y el joven chaval sigue sin encontrar algo por lo que vivir y por lo que luchar. Siempre, haciendo participe al espectador en ese momento. Donde este empieza a pensar en sí mismo. A pensar que haría en la situación de Leólo y ante un futuro tan trágico como el suyo. 

 

Sin olvidar en esa amable y elegante voz que se prolonga durante casi todo el film. Una voz en off que da algo de poesía a la propuesta y que llega a proponer, o al menos lo intuye, una reflexión sobre cómo llega a ser la existencia si no encontramos una vía por la cual escapar. Por la cual introducirnos por tal de evadirnos de las múltiples problemáticas que se nos plantean en la vida. Y que, a su misma vez, marca una distancia con lo que se nos presenta. Donde no se nos hace participes por el propio film en todo lo que sucede sino a través de esta voz que deambula por algún lugar pero que, claramente, tiene una intención clara.

 

Pero a resumidas cuentas, Leólo y Lauzan nos vienen a explicar cómo la vida o al menos las diferentes fases por las que pasamos, pueden convertirse en un pozo de inmundicia como en el que vive nuestro protagonista. Pese del cual se puede escapar y para ello no se necesita solo dejar de soñar. Es más, soñar es aquello que nos recuerda estar vivos.